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Bajarse del tractor

  • Published in Sara Martinez

Debo admitir que cada día me provoca más descrédito el esmerado esfuerzo de agenda de la clase política.

Me suscita cierto hartazgo verlos subidos a tractores, plantando cebollinos en zapatitos de charol con plumífero a juego o pulsando cual expertos algún botoncito de la primera máquina que se topan, sin saber, ni nunca sabrán, lo que significa una jornada completa en el campo. Mientras, los que sufren las consecuencias de ese trabajo diario agachan la cabeza y aguantan los tirones del mercado y la vida, nadie se acuerda de ellos ni cuando se come una manzana.

Eso sí, en el momento que el foco informativo se centra en sus reivindicaciones, nuestra clase política azuza rápidamente a sus community managers para que elaboren la estrategia de turno que visibilice, en un lapso interesado, por lo efímero, su solidaridad para con ellos. Si el momento toca en el gobierno, comenzará la convocatoria urgente de reuniones para impresionar cualquier atisbo de solución. Si te pilla en la oposición, todo se torna más facilón y hasta con pinceladas de fantasía disney, donde uno puede convertirse en la nueva estrella del tractor amarillo o el rey de las habichuelas.

El resultado final será tan estéril como su objetivo, y los problemas seguirán ahí a falta de estructuras nuevas, políticas ambiciosas para un sector que lleva años a la deriva entre el cambio tecnológico y el climático sin mover ni una coma de los postulados centenarios para la agricultura y la ganadería. Si miramos al pasado, aunque sea un instante, las propuestas para nuestra tierra se han basado durante décadas en arrancar y sacrificar, viñas, olivos, ganado... para eso de la convergencia europea y el mercado común. Eso sí, regado con un puñado de monedas de mala plata para los afectados y el abandono de granjas y tierras de nuestro rural.

Soy nieta de campesinos y con la suerte de vincular parte de mi vida a aquello a lo que dedicaron sus vidas; y ser testigo, sin suerte, del abandono paulatino de aquello que conociste, con sus pequeñas casas iluminadas, el envejecimiento de sus gentes y la pérdida de tierra trabajada. Ya en aquellas, el campo se quedó sin su merecida y necesaria revolución para con los nuevos tiempos, y así seguimos.

Mientras tanto, sufriremos esta quijotesca novela de relaciones políticas, donde, muy circunspectos, elevamos el tono y el nivel patriótico con Venezuela, y, sin embargo, apagamos los micrófonos en estampida bufa cuando toca deliberar qué se puede hacer para paliar la grave crisis de precios en nuestros campos.

Decía D'Estournelles de Constant, premio Nobel de la Paz a principios del siglo pasado, que ”La naturaleza vive de transacciones, de transiciones y de conciliaciones: imitémosla.” No sé si llegamos a tiempo para acuerdos con nosotros mismos, pero, tal vez, pudiera llegar la oportunidad para que labremos un verdadero entendimiento con la naturaleza, esa que decía San Ambrosio, santo de los apicultores, que era la maestra de la verdad. Y ya saben que de verdades también andamos un poco escasos.

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